PADRE JOSÉ MARÍA VÉLAZ (II)

                                                JOSÉ MARÍA VÉLAZ
                                                                                              PARTE II

Corría el año 1955. En Venezuela gobernaba el dictador Marcos Pérez Jiménez. El padre José María andaba con un grupo de estudiantes de la Universidad Católica Andrés Bello visitando el inmenso rancherío de Catia, en el oeste de Caracas.

Eran jóvenes de la congregación mariana que querían vivir su cristianismo en serio, sirviendo a los demás. Eran jóvenes a los que los sueños del Padre Vélaz les habían prendido chispas en el alma. Andaban por los barrios enseñando catecismo, repartiendo bolsas de ropa y de comida para calmar un poco una miseria tan vasta y tan profunda. 

Pronto entendieron, sin embargo, que servía de muy poco enseñar catecismo o preparar a los niños para la Primera Comunión, si se les dejaba completamente desasistidos, sin medios ni oportunidades para levantarse de esa miseria tan devastadora. 

Había que emprender una cruzada educativa que posibilitara a la gente labrar su futuro con dignidad. La raíz de la miseria estaba en la ignorancia. Con educación, la gente podría levantarse de su postración. "No había que regalarles el pez, sino enseñarles a pescar". 

Para ser efectivo, el servicio a los más pobres debería concretarse en una vasta red de escuelas. Ante esta convicción cada día más fuerte, los ojos del Padre Vélaz ardían con una fuerza inapagable. Y el corazón le latía prisas y dolores al ver tantos niños sin escuela. Un día, se le acercó un obrero, un albañil, y le dijo: "Mire, Padre, yo he escuchado que usted anda buscando un local para poner allí una escuela. Si usted pone las maestras, yo pongo la casa. Es sólo un rancho grande, pero servirá si la acomodamos". Ese hombre se llamaba Abrahán Reyes. 

Era un hombre pobre pero tenía el corazón lleno de tesoros. Siete largos años le había llevado construir su casa, ladrillo a ladrillo, como las construyen los pobres. El y su señora habían dedicado muchísimas horas a la construcción, habían sacrificado infinidad de ratos de descanso, se habían privado de muchas cosas necesarias. Cuando lograban reunir cien bolívares, corrían a comprar cemento, bloques o cabillas, no fuera que se les presentara algún percance y tuvieran que gastar el dinero. Poco a poco, como un árbol de vida, la casa de Abrahán había ido creciendo de sus manos y sus sueños. No había agua donde estaban construyendo y, para batir la mezcla, tenían que carretear el agua en latas de manteca que por varios kilómetros cargaban sobre sus cabezas. ¡Cuánto habían soñado con esa casa Abrahán, su señora y sus hijos! 

Porque Abrahán Reyes y su esposa tenían ocho hijos pequeños que necesitaban esa casa... Y, cuando todavía estaba fresco el olor del cemento y no habían podido acostumbrarse al milagro de verla terminada, se la regalaron al Padre Vélaz para que realizara en ella su sueño de una escuela.

"Si me quedo con ella, será la casa de mis ocho hijos. Pero si la hacemos escuela, será la casa de todos los hijos del barrio". Así era Abrahán, un hombre como una montaña. Hay hombres como Abrahán que saben darlo todo. Esos hombres, aunque no salgan en la televisión ni hablen de ellos los periódicos, son los que hacen que Venezuela sea un país tan maravilloso. Ante el gesto de Abrahán Reyes, el Padre Vélaz tuvo una iluminación. Su corazón que siempre andaba acelerado, empezó a latir con más fuerza todavía. Pero esta vez, los latidos le producían una alegría tan grande, que le dieron ganas de llorar. Si había hombres como Abrahán que eran capaces de dar todo lo que tenían para poner una escuela, sí era posible realizar su sueño de llenar de escuelas los barrios más empobrecidos. 

El iría de corazón en corazón, sembrando sueños y la audacia y el valor para hacerlos realidades. Levantarían con fuerza la bandera de la educación de los más pobres, y muchas personas generosas correrían a militar bajo ella. "Se reciben niños varones", decía el cartel que pusieron en el rancho de Abrahán. Empezaron a llegar ...río de niños y llegaron también las niñas. www.feyalegría.org

                  ¡HONOR, A QUIEN HONOR MERECE!











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